powered by FreeFind


 
Inicio |Revista Crash Test
Revista CRASH TEST

  IR A BUSCADOR DE NOTAS POR SECCION

  EDITORIAL 108 Revista N° 108

 
Ing. Fabián Pons  
  Un problema colectivo

 


A veces un sólo hecho nos hace caer en la realidad de lo que podría pasarnos en cualquier momento. Tendemos a pensar que los accidentes, las desgracias y todo lo malo nunca nos va a ocurrir a nosotros, eso es patrimonio de los demás. Pero, por ejemplo, el choque de los dos colectivos de la línea 174 en Lomas del Mirador ocurrido semanas atrás, donde murieron al menos 4 personas y resultaron heridas otras 41, no fue el primero ni desgraciadamente será el último siniestro entre colectivos que nos toque ver. La trascendencia mediática marca claramente que nuestra sociedad está llegando al límite de su tolerancia en cuanto a lo que a “inseguridad vial” se refiere. Intencionalmente no utilicé la palabra accidente porque accidente es algo inevitable como por ejemplo que un meteorito hubiese caído sobre los dos colectivos. Pero en el tránsito la inmensa mayoría de los mal llamados accidentes son evitables.
En particular, el transporte público de pasajeros sufre grandes y múltiples problemas. Los choferes conducen generalmente más allá de las 8 horas que estipula la ley. Los empresarios les exigen el cumplimiento de horarios que son sencillamente imposibles de lograr en un tránsito que se complica día a día. La única forma de cumplirlos es no respetando normas elementales de seguridad vial y de convivencia. Cuando el conductor de un colectivo infringe una norma de tránsito la multa se le labra a la unidad y se le envía a la empresa. El castigo rara vez recae sobre el conductor porque el empresario sabe que es cómplice de la mayoría de estas infracciones al exigir tiempos inalcanzables. Finalmente, estas multas terminan sin pagarse o siendo “perdonadas”, porque como dicen off the record varios empresarios del sector: “Si tuviéramos que pagar las multas ya hace rato que hubiéramos quebrado”. Por otro lado, el sindicato admite que no se respetan las leyes laborales, pero lo dice ahora, después de la tragedia. Para reflejar claramente toda esta cadena de complicidades basta con ver lo que sucede cuando hay conflictos salariales en el sector. Muchas veces los conductores deciden “trabajar a reglamento”; es decir, respetando las velocidades, no adelantándose a otras unidades, deteniéndose correctamente en las paradas. Trabajar a reglamento significa hacer las cosas bien para perjudicar al empresario.
El estado de las unidades es otro factor importante. Según la ley no puede haber unidades en circulación con más de 10 años de antigüedad, sin embargo desde la década del 90 las continuas prórrogas a la aplicación de esta normativa hacen que viajemos en un parque móvil viejo y deteriorado, sobre todo en el ámbito provincial. El mantenimiento de las unidades es un tema delicado. Salvo honrosas excepciones, las unidades se usan hasta que se rompen.
Por un lado se exige, y está muy bien, que todos los ocupantes de un automóvil viajen con su correspondiente cinturón de seguridad colocado y, por otro, admitimos que en los colectivos la gente viaje parada. Pero si se decidiera firmemente limitar el número de pasajeros por unidad o que éstos viajen sentados, habría que duplicar o triplicar la cantidad de colectivos, algo que es económicamente inviable y que colapsaría por completo la circulación. Esto nos lleva al tema de la infraestructura vial, que tampoco colabora en nada para tener un tránsito más ordenado y seguro. La convivencia caótica de colectivos, taxis, autos particulares, motos y bicicletas en un mismo ámbito no ayudan a la seguridad. Los carriles exclusivos se ven apenas en algunas avenidas de la Capital Federal.

Por todo esto, podemos afirmar que si se quiere reducir el riesgo de los colectivos no alcanza con sólo centrarnos en ellos, deberíamos replantearnos todo el sistema de transporte en la zona urbana.