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“Hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy seguro." Albert Einstein (1879-1955).
En los últimos días surgió la noticia de una nueva modalidad “transgresora” que se ha puesto de moda entre los jóvenes a la que apodaron “semáforo ruso”. Se trata de atravesar a toda velocidad la mayor cantidad de semáforos en rojo posible, ya sea en auto o en moto, mientras quienes lo realizan lo filman con sus celulares y lo difunden por Internet.
En principio quisiera aclarar que, tal como han difundido varios medios nacionales, no me resigno a aceptar que esta nueva tendencia tenga en nuestros jóvenes cada día más adeptos como nos están queriendo convencer. Si esto fuera así, por un lado estaríamos topándonos constantemente con locos al volante a 160 km/h por las calles -cosa que no ocurre- y, por otro, creer que los jóvenes son los culpables de todo nos hace pensar que, como dicen ellos mismos, “estamos en el horno” o, lo que es peor, nos encontramos con escasísimas posibilidades de revertir la situación.
La tendencia a demonizar a los adolescentes y jóvenes en cuestiones viales, no sólo habla de una visión totalmente reaccionaria, retrógrada y discriminatoria, sino que manifiesta un desconocimiento total desde el punto de vista sociológico y fundamentalmente de los factores que inciden en la ocurrencia de los accidentes de tránsito. Sabemos que la trasgresión es una de las características propias de los jóvenes, lo que los lleva a involucrarse en situaciones que rayan con el absurdo o, peor aún, con el delito; pero de ahí a concentrar únicamente el problema en los chicos hay un largo trecho.
Sin dudas, este hecho de por sí es muy grave, porque en estas pseudo-picadas además de violar absolutamente todas las normas de tránsito, no sólo se pone en riesgo la vida de los protagonistas sino la de aquellos terceros involuntarios que podrían toparse con estos kamikazes del volante en su carrera demente por las calles. Participar de este “juego” macabro denota una actitud estúpida por un lado y suicida y homicida por el otro, demostrando un desprecio absoluto por la vida. De hecho, es más peligroso que una picada misma porque son mayores las violaciones a las normas y las probabilidades de hacer pagar a un inocente son aún más altas, lo que demandaría encuadrar el delito en el fuero penal y aplicar sanciones ejemplificadoras.
Hemos dicho hasta el hartazgo que solamente podemos cambiar esta realidad a partir de acciones concretas dirigidas a intensificar los controles y penalizaciones efectivas, y este es un caso más que emblemático. No es muy difícil identificar y detener un vehículo disparado como un misil por las calles, “cortando” un semáforo rojo tras otro, simplemente debe haber voluntad para hacerlo. Y es nuestro deber exigir a las autoridades que tomen cartas en el asunto.
Pero existen otros dos aspectos que también se deben tener en cuenta. Por un lado, el Estado debe garantizar educación y concientización a la sociedad como para que ésta tenga todos los elementos como para identificar y jerarquizar debidamente que la situación vial actual es un serio problema a resolver, creando una cultura ciudadana que garantice el cumplimiento de las normas que dará como resultado un tránsito mucho más seguro y humano.
Pero, por otro lado, también es muy importante admitir que como ciudadanos tenemos mucho para hacer, exigiendo y reclamando al Estado su rol ineludible e indelegable, pero asumiendo también un rol mucho más proactivo de condena social. Ante este tipo de actitudes, como otras que representan violaciones a las reglas y suponen peligro a propios y terceros, sería razonable no quedarnos en el insulto, sino dejar en evidencia al trasgresor sin ningún tipo de resquemores y realizar la denuncia correspondiente a las autoridades. |